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Tras los discursos escuchados en la sesión de investidura, sus correspondientes réplicas y contrarreplicas, comentarios de pasillo y gestos significativos; se ha mencionado mucho el hecho de que ha habido tantas faltas de respeto y desprecio personal que convierten en misión imposible retomar cualquier camino de negociación. Los propios partidos se han encargado de desmentir esta circunstancia y, tras sacarse mutuamente los ojos, han declarado que ya están haciendo planes para retomar las negociaciones.

En política, el ataque personal puede ser hacia la propia persona del político o hacia el partido que representa.

Una de las formas de lanzar esos ataques es anunciando que no se van a utilizar como argumento político. Recuerdo hace muchos años, cuando Ramón Mendoza y Lorenzo Sanz luchaban por la presidencia del Madrid; Sanz era entrevistado en “El Larguero” y comenzó la entrevista diciendo que acudía a hablar del Real Madrid y no de su contrincante, que le tenía respeto a pesar de ser un mentiroso y un cabrón.

“No voy a decir desde esta tribuna que su partido es una organización corrupta”, dijo Pedro Sánchez desde la tribuna del Congreso.

Por tanto, rechazar los ataques personales a los líderes y a las organizaciones políticas no deja de ser una parte más del teatro de la discusión. Además, ¿qué se puede considerar como ataque personal?

La mayoría de quienes los han recibido, suelen confundirlos con sacar a la luz trapos sucios por parte del contrincante. ¿Hay insulto en llamar mentiroso a quien miente? Evidentemente, no se le va a reprochar en privado que haya subido impuestos, mientras mantiene que los está bajando o que pacte con quien dijo que no iba a pactar. El Partido Popular está procesado, como partido, por destruir los discos duros de Bárcenas y por pagar con dinero negro la reforma de su sede. Escucharlo duele, pero no es un ataque. Felipe González tiene su pasado manchado de cal viva en cuanto que personas que estaban bajo su responsabilidad, la utilizaron. Duele escucharlo.

De la misma manera que la productora de Pablo Iglesias y su programa Fort Apache se hace al dictado del Gobierno Iraní, que es quien paga. Iglesias trabaja para un régimen que se pasa los derechos humanos por el arco del triunfo. No es mentira pero duele escucharlo cuando subes a la tribuna del Congreso a defender, precisamente, los derechos humanos.

La elegancia en el discurso admite el ataque al contrincante y cuanto más mordaz, mejor. Admite la ironía, el sarcasmo y, como no, el ataque personal. Lo que no está permitido es la mentira, la falsedad o las medias verdades. Los políticos rechazan el enfrentamiento, refiriéndose al oponente como “otros” o “algunos”.

Es cierto que el ataque personal busca el desprestigio del oponente, pero también sirve para resaltar aspectos de su carácter, personalidad o conducta, que desvirtúen la idoneidad del oponente en el debate. El problema puede desprenderse de que nuestros partidos políticos descansen demasiado en la figura del líder y por eso el ataque personal, logra un doble objetivo. Es como si un francotirador disparase con una bala explosiva. Esto ya es conocido por quien recibe la inquina del oponente y la defensa es fácil, desentenderse de lo que sucede en la organización política que lidera. El PSOE de los ERE, no es el de Sánchez; como el PP de Gürtel no es el de Rajoy. Pero esta defensa no logra mitigar los daños del ataque, que deja daños colaterales en el líder y en el partido.

Pero que nadie se alarme, los ataques son puro teatro, como los discursos en sí. La sangre no llegará al río.