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Mencionábamos la poca química que se percibió entre Sánchez, Iglesias y Rivera cuando se fotografiaron juntos en la gala de los premios Goya. Entonces, hacíamos referencia a la facilidad que tienen algunos directores de casting para percibir el feeling entre los candidatos a formar parte de un reparto.

Sin entrar en detalles, cuando se trabaja con actores se suele hacer de dos maneras. La principal, claro está, es la de ayudar al intérprete a meterse en el papel, a que conozca el personaje y termine haciéndose uno con la ficción. Cuando eso sucede al actor o la actriz, termina asumiendo la personalidad ficticia como parte de su propio ser. Es entonces, cuando podemos disfrutar de esas inolvidables interpretaciones que permanecen en nuestra memoria.

Diferente trabajo es el que se realiza en televisión, sobre todo, cuando un actor episódico debe aparecer en seis o siete secuencias y su papel tiene cierta importancia o trascendencia. Entonces, el asistente del director, o cualquier otro miembro del equipo que conozca toda la trama y que sepa qué se desea del actor o actriz le marca unas pautas claves. La aportación del artista poco importa ya que lo que se desea resaltar son aspectos muy concretos del personaje. Pueden ser cosas muy simples, como señalar un cierto rictus con la boca, mostrarse extremadamente bondadoso, desconfiado, la forma de hablar. Detalles que van dirigidos a darle pistas al espectador, no al lucimiento en la interpretación.

Visto lo visto, eso es lo que nos espera en todas estas jornadas de investidura fallida. Cada episódico, deberá interpretar un papel ateniéndose a las normas que faciliten pistas al espectador.

De momento, Pedro Sánchez, parece asumir el papel de mártir dispuesto a inmolarse voluntariamente, con un cierto aire de héroe fallido, derrotado que pide ayuda para no terminar sacrificado en el altar.

Albert Rivera, es un actor de tipo. No se le pide nada más allá que ponga planta y figura, mientras desgrana su discurso de buena persona, dispuesto a abrazar a Sánchez y a Rajoy, siempre que él salga favorecido en el plano. Rivera interpreta el papel de personaje de réplica, que trata de ser cómplice del protagonista. Sabe que su papel está al lado del protagonista y tratará de crear química con él; en buena medida, su éxito no depende de su interpretación, si no del que tenga el protagonista.

Mariano Rajoy podría enmarcarse en ese grupo de actores, del antiguo sindicato, en el que cuando se alcanzaba la categoría de protagonista, rechazaban los papeles secundarios aunque estuviera muriéndose de hambre. Esta circunstancia no quiere decir que no acuda al casting, que no haga pruebas tratando de dejar su impronta y, en su caso, rechazando el papel ya que él no asume papeles secundarios. Es consciente de que tiene seguidores, es consciente de que su tirón pero no lo es de que su tiempo de protagonista ha pasado. A este tipo de actor, ni siquiera la industria lo desea porque huele a pasado, a modas ya inexistentes. El tiempo no perdona y el protagonismo quema.

Por último tenemos a Pablo Iglesias que representa el tipo de actor más complicado. Es aquel que quiere, que necesita, destacar como sea. No se conforma con el papel que le han asignado porque considera que está preparado para un papel mucho más destacado. ¿Cómo trata de conseguir mejor presencia en la obra? Metiendo morcillas, frases que no están en el guión y que considera apropiadas, aunque sea en contra del parecer general de los participantes.

En definitiva, la obra que se está representando en el Congreso de los Diputados, no deja de ser una prueba de actores que impostan su actuación para salir del paso. Ninguno parece haber interiorizado el papel protagonista como para durar cuatro años; es decir, desarrollar y cargar con todo el peso del argumento.